sábado, 19 de julio de 2025

Doña Brianda de Alarcon

La Dama del Temple Doña Brianda de Alarcon.

Historia de una encomendadora oculta en Aragón

En los valles del Alto Aragón, junto a una antigua encomienda templaria rodeada de robles y montañas, vivía Doña Brianda de Alascón, dama noble viuda y benefactora de la Orden del Temple. Habiendo perdido a su esposo en la cruzada de Túnez, pidió cobijo a los templarios, quienes la recibieron con respeto por su linaje y su generosidad.


Durante años, Doña Brianda vivió en el priorato de Castillo de Monclús, vestida con hábitos blancos, entregada a la oración, la administración y la atención a los peregrinos. No era caballera ni monja consagrada, pero todos la llamaban con reverencia: la Sor del Temple.


Con el tiempo, el comendador partió a Tierra Santa, y la encomienda quedó al cuidado de unos pocos freires enfermos y escuderos jóvenes. Fue entonces cuando Brianda tomó las riendas: gestionó cosechas, defendió los bienes de la orden frente a nobles ambiciosos, y hasta negoció la protección de pastores y aldeanos en los caminos inseguros.


Se decía que por las noches, se reunía en la capilla con el viejo capellán templario, leyendo textos en latín y registrando los bienes en un códice con la cruz paté grabada en rojo. Pero lo más asombroso ocurrió en el año del Señor de 1291, tras la caída de San Juan de Acre.


Un grupo de freires templarios llegó herido y exhausto desde Oriente. Traían consigo un cofre sellado con cera negra y tres llaves. Se lo entregaron a Doña Brianda, con un susurro:


“Esto debe ocultarse hasta que llegue el tiempo del despertar”.


Desde aquel día, la torre norte fue clausurada, y solo ella tenía acceso. Cuando en 1307 llegó la orden de arresto contra los templarios, la encomienda de Monclús ya estaba vacía. Los inquisidores encontraron solo a la dama, que les respondió:


“No soy templaría. Solo una mujer que reza por los caídos.”


Nadie encontró el cofre. Nadie supo qué secreto custodiaba. Pero los pastores del Sobrarbe aún cuentan que cada año, en la noche de San Juan, una figura de blanco y cruz roja aparece sobre las ruinas de la torre, vigilando los valles... como si aguardara el regreso de los suyos.









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