En las bóvedas del tiempo, donde el eco de la historia se entrelaza con el susurro del viento, una legión de caballeros templarios se alza, no solo con la espada de acero, sino con la fe inquebrantable en el Padre Celestial y en su Hijo, el ungido. Sus escudos no solo reflejan la luz del sol, sino también la promesa de un amor que trasciende la materia, una alianza forjada en el crisol de la devoción.
Y en medio de esta hueste sagrada, se yergue una figura que no porta armadura de metal, pero cuya fortaleza es tan vasta como el cielo: la mujer. Ella es el faro que guía a la legión en la noche más oscura, la guerrera incansable cuyas lágrimas no son un signo de debilidad, sino de una sensibilidad profunda, un canal por el cual fluye la verdad. Ella es la encarnación de la persistencia, esa que no se quiebra ante la adversidad, sino que la utiliza como combustible para su propia ascensión.
Su inteligencia no se mide en tratados de guerra, sino en la sabiduría del corazón, en la capacidad de discernir entre la sombra y la luz. Su fortaleza no reside en la fuerza física, sino en la entereza de su espíritu, en la capacidad de perdonar a quienes la han herido, de bendecir a quienes la han traicionado. Porque ella sabe que su valor no depende de la opinión de los demás, sino de la mirada amorosa de Aquel que la ve en su canto, que se deleita en su adoración, que la honra en su vulnerabilidad.
Su dedicación es el hilo dorado que teje el tapiz de su vida, una entrega sin reservas a la verdad, a la justicia, al amor. Y su transparencia es el cristal a través del cual la divinidad se manifiesta en el mundo, un reflejo de su alma pura, libre de rencor y de sombras. Ella es la luz en la oscuridad, la prueba viviente de que la fe no es un concepto abstracto, sino una fuerza que sana, que redime, que transforma.
En este viaje, la legión de caballeros templarios y la guerrera incansable se unen, no como dos fuerzas separadas, sino como dos facetas de una misma verdad. Porque en su unión reside la verdadera fortaleza, la certeza de que, incluso en los momentos de mayor dolor, hay una mano invisible que sostiene, que cura, que nos recuerda que somos amados, valiosos, y que nuestra misión es ser la luz en un mundo sediento de esperanza.
+ Hermana si ves a la Señora… Dile
Hermana si tú la vieras, háblale a la Señora y dile que voy a ser investida Dama Templaria, servidora y guerrera de la Blanca Milicia de Cristo Rey, mi Señor, por la gracia de Dios.
Dile que mi vida ha cambiado desde el momento que me he puesto el manto blanco con la cruz paté, y me he ceñido mi espada Templaría a la cintura. Cuéntale que estando postrada de rodillas ante su imagen y la de mi Señor, un ejército de glóbulos rojos han corrido por mis venas llenando mi corazón de rebosante amor.
Hermana si ves a Nuestra Señora María Magdalena, ruégale por mí, porque al igual que ella, también he sido considerada una pecadora, ofendida y calumniada, criticada, traicionada y apartada, maltratada y golpeada por una avalancha de piedras arrojadas y disfrazadas de gestos, formas y palabras, escupidas por víboras con lenguas de doble filo.
Si ves a la Señora dile que ruego su comprensión por no dejarme vencer por tanto dolor, pues no es tanto el dolor físico sino el dolor del alma, el que me da fuerzas para acabar con tantas víboras acogidas en la propia casa de Nuestro Señor.
Coméntale hermana, como en la penumbra, a la luz de las velas que iluminaban su rostro, he visto ante mí, pasar toda mi vida, y he sentido un torbellino inmenso de emociones que han hecho flotar mi espíritu en un mar en calma, inundando todo mi ser de paz y serenidad.
Si tú la vieras hermana, dile que soy Dama Templaría y seca las lágrimas que resbalan por su rostro, porque ella, la Señora… ahora vive en mí, la Luz del Alma Divina, la luchadora incansable y fortaleza inexpugnable. El rosal sin espinas y la marea viva que trae vida al Temple, para mayor Gloria de Nuestro Señor.
+nnDnn+
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